15/8/26

Tecno-Pánico y Computación Cuántica

En 1865 el Parlamento británico aprobó una ley que hoy parece casi humorística. La llamada “Ley de Bandera Roja” obligaba a que todo automóvil fuera precedido por una persona que caminara con una bandera roja para advertir a los demás sobre el peligro que representaba aquel nuevo invento. La obligación permaneció vigente durante casi cuarenta años. Vista desde el presente, la norma parece absurda. Vista desde su tiempo, refleja una reacción profundamente humana: frente a una tecnología disruptiva, el miedo suele llegar antes que la comprensión.

No fue un episodio aislado. La historia de la innovación está llena de ejemplos similares. Cambian las tecnologías. No cambia nuestra reacción. Cada generación parece convencida de que enfrenta un riesgo sin precedentes y que la respuesta debe ser regular cuanto antes, aun cuando todavía comprendemos muy poco aquello que pretendemos gobernar.

Desde hace años estudio el impacto de las nuevas tecnologías sobre los derechos fundamentales. En el Centro de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario de American University impulsamos un programa dedicado precisamente a ese desafío. Mirando hacia atrás, sorprende comprobar la velocidad con la que envejecen nuestros debates. Primero discutimos la gobernanza de Internet. Luego la neutralidad de la red. Después la responsabilidad de los intermediarios, el big data, las neurotecnologías y, finalmente, la inteligencia artificial. Cada uno de esos temas parecía ocupar definitivamente el centro de la escena. Ninguno lo hizo.

Hoy la inteligencia artificial concentra buena parte de la conversación pública. No hay congreso profesional —desde odontología hasta ingeniería civil— que no incluya algún panel sobre sus promesas o sus riesgos. Se habla de empleos que desaparecerán, de menores expuestos a nuevos peligros, de sesgos, de desinformación e incluso de amenazas existenciales. Muchas de esas preocupaciones merecen ser tomadas en serio. Otras descansan más sobre pronósticos que sobre evidencia.

No escribo estas líneas desde una posición tecnófoba. Muy por el contrario. Utilizo diariamente herramientas de inteligencia artificial en mi trabajo académico y profesional. Este mismo artículo se benefició de ellas para ordenar ideas y revisar versiones. Aprovechar una tecnología, sin embargo, no significa asumir que ya conocemos todas sus consecuencias ni que estamos en condiciones de regularla adecuadamente.

Algunas experiencias recientes deberían invitarnos a la prudencia. La ley australiana que restringe el acceso de menores a determinadas redes sociales nació con un propósito ampliamente compartido: proteger a niños y adolescentes. Sin embargo, las primeras evaluaciones muestran que una parte importante de los jóvenes continúa eludiendo fácilmente la prohibición. La intención era valiosa. El resultado, al menos hasta ahora, mucho más discutible. Sin embargo en el mundo vemos que ese ejemplo, simplemente, “se copia”.

Por motivos que no profundizaré aquí, no me sorprende que Europa haya decidido avanzar con una regulación amplia sobre inteligencia artificial. Tampoco sorprende que otros países observen ese camino con atención. Lo que sí debería preocuparnos es repetir un patrón conocido: que el temor marque el ritmo de la regulación más que el conocimiento de la tecnología.

Y quizás allí aparezca la principal enseñanza de la computación cuántica. No porque vaya a reemplazar a la inteligencia artificial, sino porque probablemente nos enfrentará al mismo reflejo. La física cuántica resulta contraintuitiva incluso para personas con sólida formación científica. Para la mayoría de nosotros es un territorio casi inaccesible. Si comprender sus fundamentos ya es difícil, imaginar todas las consecuencias de la computación cuántica lo es todavía más.

Sin embargo, algunos efectos ya comienzan a vislumbrarse. El más conocido es la posibilidad de dejar obsoletos muchos de los sistemas de encriptación que hoy protegen nuestras comunicaciones, nuestras transacciones financieras y buena parte de la infraestructura digital. Muy pronto discutiremos esos riesgos con la misma intensidad con la que hoy discutimos la inteligencia artificial. Y muy probablemente volveremos a escuchar llamados urgentes para regular aquello que todavía apenas entendemos.

El verdadero desafío, entonces, no es la inteligencia artificial ni será la computación cuántica. El desafío es abandonar un ciclo que parece repetirse una y otra vez: primero el pánico, después la regulación y recién al final la comprensión.

La computación cuántica nos ofrece una oportunidad excepcional para romper ese patrón. Nos obliga a construir, desde ahora, un diálogo mucho más sólido entre las comunidades técnicas y quienes trabajamos en la protección de los derechos fundamentales. Regular sin comprender aquello que se regula es un riesgo. Pero también lo es diseñar tecnologías sin conocer los límites que las sociedades democráticas han construido para proteger la libertad, la privacidad, la igualdad y la dignidad humana. Ni los ingenieros pueden hacerlo solos. Ni los juristas, filósofos, o cientistas políticos, tampoco.

Tal vez varias de las regulaciones que acompañaron el desarrollo de Internet, y algunas de las que hoy rodean a la inteligencia artificial, hayan sufrido precisamente por esa falta de diálogo. A veces respondieron al miedo. Otras, al oportunismo político o económico. Pocas nacieron de una conversación profunda entre quienes desarrollan la tecnología y quienes deben proteger los derechos. La computación cuántica todavía nos concede una segunda oportunidad. Sería una lástima desperdiciarla. Porque la historia demuestra que el problema nunca fue la tecnología. El problema ha sido, demasiadas veces, nuestra decisión de regular primero y comprender después.

Publicado en La Nacion el 15 de agosto de 2026; disponible en http://edicionimpresa.lanacion.com.ar/article/283570932318359





28/1/26

Eduardo Bertoni | Neurotecnología y DDHH, debates actuales y desafíos fu...

24/7/25

Critical Expressions and Self-Censorship

This year marks twenty years since I stepped down as Special Rapporteur for Freedom of Expression at the Organization of American States, a position I had been honored to hold after being appointed by the Inter-American Commission on Human Rights. Throughout this time, and from different roles, I have continued to observe the state of press freedom around the world, and I have noticed a recurring argument that I would like to comment on briefly today, as I find it once again at the forefront of public debate.

The argument is simple: it is claimed that freedom of expression is robust because it is possible to observe the dissemination of criticism —whether true or false— of those in power from different sectors, and its reproduction on social media or traditional media outlets. But this argument is flawed from the outset. This flaw lies in the belief that freedom to criticize the government is sufficient to confirm the existence of an environment where freedom of expression is guaranteed.

Freedom of criticism in matters of public interest is obviously essential to ensuring a suitable environment for the realization of the right that is the subject of this column. However, such expressions should not result in direct or indirect reprisals based on the law or on acts of dubious or no legal basis.

It is inappropriate, and perhaps unfair, to conclude that the existence of a suitable environment for the exercise of freedom of expression can be measured by the degree of journalistic courage or economic power required to speak out with criticism regardless of the cost. An appropriate environment for such exercise is one in which both the institutional architecture and the attitude of those in power play a fundamental role, enabling criticism and guaranteeing the absence of fear of arbitrary reprisals.

This is not just intuitive; there are empirical studies that confirm it: when fear of retaliation for critical speech becomes entrenched and prolonged, it leads to self-censorship. One problem that cannot be ignored is that gauging how much criticism has been suppressed due to fear of consequences requires prolonged observation, as self-censorship doesn’t usually emerge overnight. It is a slow process, where courage can be undermined and, in the end, criticism diminishes.

In short, it is very clear that identifying critical statements in the media or on social platforms is easy. But it is also clear that identifying self-censorship is generally a task that is not immediate, and far more difficult.

However, what can be quickly corroborated and observed is the implementation of public policies or attitudes that may trigger this process of self-censorship. We must be alert when we notice this happening because, even if it does not mean that self-censorship is “already” a fact at the moment such actions are noticed, such corroboration serves to confirm that the environment is not adequate for the exercise of freedom of expression, and that is reason enough to denounce them and demand that they cease. We cannot claim the existence of freedom of expression in a free and democratic society if we are satisfied with the existence of a few martyrs for what they believe and say.

This article is a translation of the original op-ed published in Spanish in La Nación (Argentina), July 8, 2025. English version published by Global Freedom of Expression, Columbia University at https://columbia.us8.list-manage.com/track/click?u=5b024e7a0c16e2779164ac24d&id=a5273c0f8d&e=ac817036b0